Era el último viernes del mes de junio, tenía un examen final para ese día a las seis p.m. Había pasado la noche anterior en vela haciendo unos trabajos para otras asignaturas: era la última semana del semestre. Configuró el despertador de su teléfono celular justo a las cinco p.m. La idea era descansar un par de horas. Pero el sueño acumulado resulto demasiado pesado, tanto así que cuando volvió a abrir los ojos y reviso el celular, faltaban cinco minutos para las seis. Como pudo cogió el bolso y Salió corriendo, ni siquiera se despedido de sus padres, tenía el afán de un recién purgado en busca del baño.
La marcha era intensa y el ritmo acelerado, La carrera primera nunca le había parecido tan extensa, era como si caminara en círculos sobre una recta. Justo cuando tuvo la sensación de que por fin a lo lejos se vislumbraba la universidad, una mano surgió de un costado, como de la nada, tomándolo por el hombro, con tal fuerza y sorpresa que lo paro en seco. Pensó que se trataba de un amigo, o en el peor de los casos, de algún rufián. Pero cuando dirigió la vista hacia el hombre, vio a un tipo alto y grueso, muy elegante, casi impecable, con una faz redonda que un par de redondísimos lentes hacían más redonda aún. La mirada de aquel hombre desconocido era tan afilada que, sin exagerar, era capaz de cortar la leche a diez metros de distancia.
—Buenas tardes, joven. ¿Me puede regalar un minuto de su tiempo? —¿Perdón? —Respondió el joven—, la verdad no, no tengo tiempo, tengo prisa. Se zafó de la sujeción del tipo, y justo cuando se disponía a seguir el camino, volvió a sujetarlo por el hombro, pero esta vez con mayor firmeza y determinación.
—Joven, no se vaya a ofender por lo que le voy a decir. Pero Dios lo hizo a usted perfecto, a imagen y semejanza suya. Y usted no necesita ninguno de esos metales. Menos de esos tales piercings, como el que tiene en el labio.
—No sea sapo —pensó en decirle. Era obvio que se trataba de un pastor recalcitrante y lleno de prejuicios. De esos que se creen seres iluminados y dueños de la verdad absoluta. Pero el joven se detuvo, en su hogar le habían enseñado ,desde pequeño, a respetar a los demás, sobre todo a las personas mayores. Sin embargo, en ese momento de confusión y sobresalto, clavo sus ojos en las manos del pastor, y noto que llevaba un anillo en cada dedo, además de un par de pulseras de plata muy gruesas, como las esposas de un presidiario. Pero a diferencia de este, el pastor las portaba con orgullo.
—Señor, no se vaya a ofender por lo que le voy a decir —le dijo, con aires de evidente sarcasmo—, pero Dios lo hizo a usted perfecto, a imagen y semejanza suya. Y usted no necesita ninguno de esos metales. Menos de esos tan ostentosos como el oro y la plata.
El joven que termina de hablar y el pastor que le asesta un puño en la nariz, luego lo intenta patear en el suelo pero el joven se levanta rápidamente y de un salto se pone a salvo, luego se aleja esquivando los lentos ataques del viejo energúmeno. Que ante la negativa de su adversario a intercambiar golpes, baja los brazos.
—Ojala le de cáncer en el labio, hijueputica—. Esgrimió con una repulsiva sonrisa, bastante despectiva, que más que una sonrisa, parecía una mueca.
—Y ojala que usted, su familia y amigos, gocen de buena salud— Respondió el joven.
Luego, reanudo la marcha, pero esta vez el hombre no lo detuvo, parecía absorto, ni siquiera parpadeaba. Seguro el tipo había esperado otra respuesta de parte del joven: una más violenta. Porque el hombre está preparado para casi todo, excepto, para la paz y la convivencia pacífica. La violencia siempre es más fácil de hacer. Sobre todo para los religiosos que, históricamente, en nombre de Dios han asesinado a más gente que todas las guerras y enfermedades del mundo juntas. Mientras el joven, ya tranquilo, caminaba hacia la universidad, de vez en cuando volvía la vista atrás, pero el tipo no se movía, seguía ahí, petrificado como una estatua, hasta que ya no lo pudo ver más.
La marcha era intensa y el ritmo acelerado, La carrera primera nunca le había parecido tan extensa, era como si caminara en círculos sobre una recta. Justo cuando tuvo la sensación de que por fin a lo lejos se vislumbraba la universidad, una mano surgió de un costado, como de la nada, tomándolo por el hombro, con tal fuerza y sorpresa que lo paro en seco. Pensó que se trataba de un amigo, o en el peor de los casos, de algún rufián. Pero cuando dirigió la vista hacia el hombre, vio a un tipo alto y grueso, muy elegante, casi impecable, con una faz redonda que un par de redondísimos lentes hacían más redonda aún. La mirada de aquel hombre desconocido era tan afilada que, sin exagerar, era capaz de cortar la leche a diez metros de distancia.
—Buenas tardes, joven. ¿Me puede regalar un minuto de su tiempo? —¿Perdón? —Respondió el joven—, la verdad no, no tengo tiempo, tengo prisa. Se zafó de la sujeción del tipo, y justo cuando se disponía a seguir el camino, volvió a sujetarlo por el hombro, pero esta vez con mayor firmeza y determinación.
—Joven, no se vaya a ofender por lo que le voy a decir. Pero Dios lo hizo a usted perfecto, a imagen y semejanza suya. Y usted no necesita ninguno de esos metales. Menos de esos tales piercings, como el que tiene en el labio.
—No sea sapo —pensó en decirle. Era obvio que se trataba de un pastor recalcitrante y lleno de prejuicios. De esos que se creen seres iluminados y dueños de la verdad absoluta. Pero el joven se detuvo, en su hogar le habían enseñado ,desde pequeño, a respetar a los demás, sobre todo a las personas mayores. Sin embargo, en ese momento de confusión y sobresalto, clavo sus ojos en las manos del pastor, y noto que llevaba un anillo en cada dedo, además de un par de pulseras de plata muy gruesas, como las esposas de un presidiario. Pero a diferencia de este, el pastor las portaba con orgullo.
—Señor, no se vaya a ofender por lo que le voy a decir —le dijo, con aires de evidente sarcasmo—, pero Dios lo hizo a usted perfecto, a imagen y semejanza suya. Y usted no necesita ninguno de esos metales. Menos de esos tan ostentosos como el oro y la plata.
El joven que termina de hablar y el pastor que le asesta un puño en la nariz, luego lo intenta patear en el suelo pero el joven se levanta rápidamente y de un salto se pone a salvo, luego se aleja esquivando los lentos ataques del viejo energúmeno. Que ante la negativa de su adversario a intercambiar golpes, baja los brazos.
—Ojala le de cáncer en el labio, hijueputica—. Esgrimió con una repulsiva sonrisa, bastante despectiva, que más que una sonrisa, parecía una mueca.
—Y ojala que usted, su familia y amigos, gocen de buena salud— Respondió el joven.
Luego, reanudo la marcha, pero esta vez el hombre no lo detuvo, parecía absorto, ni siquiera parpadeaba. Seguro el tipo había esperado otra respuesta de parte del joven: una más violenta. Porque el hombre está preparado para casi todo, excepto, para la paz y la convivencia pacífica. La violencia siempre es más fácil de hacer. Sobre todo para los religiosos que, históricamente, en nombre de Dios han asesinado a más gente que todas las guerras y enfermedades del mundo juntas. Mientras el joven, ya tranquilo, caminaba hacia la universidad, de vez en cuando volvía la vista atrás, pero el tipo no se movía, seguía ahí, petrificado como una estatua, hasta que ya no lo pudo ver más.

Muy bonito y hasta gracioso, pero te recuerdo:
ResponderBorrar1. El texto debía utilizar, como mínimo, 5 enlaces/hipertextos.
2. El tema debía versar sobre las 'Multinacionales en el Departamento del Huila'.
3. Espero que la imagen que usaste esté bajo licencia CC.
Alejo Baca