“Entre la silla eléctrica de un
pabellón de la muerte y el pupitre de una escuela pública no hay ninguna
diferencia. Juntas están hechas para lo mismo”.
La educación en Colombia siempre
ha sido de carácter excluyente e incapaz de formar verdaderos seres humanos.
Pues Justo cuando los niños comienzan a cuestionarse son llevados a la escuela
donde, como si se tratara de un hospital psiquiátrico, se les suministran
respuestas uniformadoras como fármacos contra la locura misma, cuyo principal
síntoma es el acto de preguntar y cuestionarse. En otras palabras, y
paulatinamente, hacen del ser humano un autómata.
Es verdad que antaño solo los
ricos podían acceder a la educación y que hogaño las puertas de la escuela han
sido abiertas también para los pobres. Sin embargo, esto no significa que ahora
los pobres tengamos más oportunidades de crecimiento y realización, tanto
profesional como personal, en pro de una mejor vida. Porque en el fondo del
asunto, el aparato escolar público existe para perpetuar la brecha entre los
que nacieron para dirigir (oligarquía) y los que nacieron para ser dirigidos
(el pueblo). O mejor, para ser digeridos, como dijo en una ocasión el maestro Jaime Garzón.
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